El buen fumar en Italia tiene nombre propio, el del cigarro puro Toscano. Elaborado con un original proceso de fermentación y un riguroso periodo de añejamiento, el país transalpino produce 120 millones de cigarros al año. "Sus inicios se remontan a 1815, cuando en la Manifattura Tabacchi de Florencia, unas balas de tabaco pertenecientes al Gran Duque de la Toscana, que se habían quedado al sol, se mojaron por una fuerte tormenta primaveral.
Topo Gigio, el muñeco italiano más famoso del mundo, fue creado en 1958 por Maria Perego. Esta simpática marioneta de goma espuma, movida por varillas de 8 cm por varias personas vestidas de negro, ocultas por un paño de terciopelo del mismo color, cautiva y emociona aun hoy por su ternura e inocencia. Peppino Mazzullo fue su voz histórica en italiano y varias generaciones de distintos continentes fueron “a la camita” con “su besito de las buenas noches”.
El Prosciutto de Parma está posiblemente entre los jamones más famosos del mundo. La palabra Prosciutto es jamón en italiano y se utiliza para describir esta parte del cerdo que ha sido sazonada, curada y secada al aire; su carne tiene una textura firme y suave y es una de las razones por las que muchos turistas llegan a Parma.
Italia? Es una habitación blanca y azul, la número 1703, del primer piso del hospital Cervello. Una mesita con cuatro silla, dos mujeres de cabellos blanco en las otras dos camas, por la ventana aparecen las casas claras del barrio Cruillas y las montañas de Altofonte Monreale, el calor de agosto en Palermo, un televisor y un crucifijo.
Es todo lo que ve Titti Tazrar desde ayer a la mañana, cuando abrió los ojos. Cuando los cierra, todo baila aún y gira a su alrededor, la cama es una barca que se inclina por las olas. Titti busca la soga para tenerse, instintivamente, como ha hecho por 21 días y 21 noches, con la mano que, de negra parece blanca por la descamación, una mano perforada por el suero, para devolverle un poco de vida a ese cuerpo devorado por la falta de agua.
Es la única mujer sobreviviente, junto a otros cuatro hombres jóvenes, del gomón negro que partió de Libia con 78 desesperados eritreos y etíopes y vagó en el mar, sin combustible, durante 21 días y ha descargado en el Mediterráneo 73 cadáveres, desembarcando finalmente en Lampedusa, cinco fantasmas muertos de sed, hambre y terror.
Estas cinco personas son los últimos, y modernísimos, criminales italianos, producto de la crueldad ideológica que traicionó los valores civilizados de nuestros abuelos y padres, y hoy gobierna y hace leyes. Los magistrados han debido inscribirlos, apenas salvados, en el registro de sospechosos por el nuevo delito de inmigración clandestina. Aunque después la vergüenza, una vergüenza de la democracia, dará un puntapié a la ley, y para Titti y los otros, llegó el asilo político. Podrán descubrir esa Italia que buscaban y empezar a vivir.
Una Italia que no sabe cómo empezaron estos viajes, desde dónde y durante cuanto tiempo.
Titti en Asmara tenía una amiga con celular y escuchaban veinte veces por día a Eros Ramazzotti y su tema “L´Aurora”. En casa de su madre conservaba una postal de Roma desde hacía años, los puentes, una cúpula, el río y el verde de los árboles.
Todos hablaban bien de Italia en los mail que llegaban a Eritrea y el dinero enviado de quienes ya habían encontrado un trabajo en la Península. Cuando fue bochada en el último año de la escuela, la envían a enrolarse obligatoriamente en el ejército. Entonces, Titti decide que se escapará a Italia. Dónde, sino?
Realiza dos meses de entrenamiento en un fuerte fuera de la ciudad como soldado simple. Después cuando le permiten regresar, se saca para siempre el uniforme, pasa por su casa el tiempo necesario para ponerse un vestido, buscar una botella de agua y llevarse la mitad del dinero de su madre, de los seis hermanos (200 nakfa, menos de 10 euros), y sigue a un viejo amigo de la familia que la sacará del país y la llevará a Sudán.
Primero viajan en micro, después, por miedo, caminan durante la noche, durmiendo en el desierto durante siete días.
Ya sin plata, Titti busca trabajo de limpieza con cama adentro, así puede ahorrar su sueldo de 250 pound sudaneses.
Cuando va al mercado, empieza a averiguar dónde encontrar a los mercaderes de personas, que organizan los viajes a Europa. Los encuentra y, cuando pide ir a Italia, le quieren cobrar 900 dólares en efectivo, todo incluido: el viaje de Sudán a Libia, atravesando el desierto de Sahara y el alojamiento en espera de la salida del barco ilegal.
Necesita un año para ahorrar esa suma. Y cuando parten, los traficantes cargan en el camión a 250 personas y los llevan a refugios en galpones y casas aisladas. Los hacen trabajar en huertas, pagándoles con comida y agua, como en una cárcel.
Dicen siempre
Dicen siempre que el barco está listo, que pronto se parte, y sin embargo se demora meses en partir, hasta que una tarde, a eso de las cinco, todos comienzan a gritar, y lo tan esperado llega. Pero sin tiempo para preparativos. A las seis hay que estar ya en el mar, no hay tiempo de preparar alimentos, ni agua. Se parte con lo puesto.
El barco es un gomón negro de doce metros, que normalmente llevaría a diez o doce personas. Ellos eran setenta y ocho, algunos arrodillados, otros de pie, amontonados como animales. Pero están en viaje, al fondo de ese mar está Italia.
Titti, con sus 27 años, no tiene la menor idea de la distancia, piensa que llegarán rápido. Por eso está tranquila cuando llega la primera noche, con sus diez denarios, un jeans, una remera blanca y un chal. Nada más.
A mitad del segundo día, cuando todos piensan que ya casi habían llegado, el gomón se para. El piloto improvisado dice que no hay más combustible. Aprieta el botón rojo, como le enseñaron los traficantes de personas, pero no hace ningún ruido. Nadie sabe qué hacer, es más, nadie sabe ni nadar. Queda muy poca agua y el calor se siente. El pan es repartido entre todos. Solo mastican un trozo de miga, varias veces al día.
Muere Dais, 20 años, es el primero. Vomitó 24 horas seguidas, lamentándose del hambre y la sed. Pide agua a gritos y nadie le contesta. Ya no hay.
Muere alguien cada día y el número varía. Uno, después tres, cinco, un día quince, mientras el gomón es arrastrado por las olas hacia ningún lugar. Dicen que los primeros en morir son los que bebieron agua de mar. Titti no sabía que era mortal, no la tomó por su gusto insoportable, solo, de tanto en tanto, mojaba sus labios hinchados.
Después, alguien tiene la idea de usar el bidón de combustible, cortándolo por la mitad, lavarlo bien y ponerlo en el piso del barco. Explica que deberán juntar la orina allí y después beberla, cuando la sed se vuelva insoportable, de a pequeños sorbos.
Quince días después, aparece una nave lejana. Parece muy chiquita, pero todos la ven. Los que tienen fuerzas, se ponen en pie y comienzan a hacer señas, pero el gomón va para donde quiere y lentamente el barco se aleja y desaparece.
Otro día, un grito anuncia la aparición de un barco de pescadores, que se acerca. Pero cuando ven siete cadáveres y esos seres moribundos, sienten miedo y retroceden. Un muchacho les ruega que no los deje allí. El barco se para y les tira una bolsa de plástico que cae al agua. Se acercan un poco más y lanzan otra. Mientras la abren, los pescadores se van, indicándoles con el brazo una dirección a seguir.
Dentro de la bolsa hay pan y dos botellas de agua. Titti bebe y aferra el pan, pero ni bien intenta comer un trozo, grita de dolor y escupe todo. El pan le corta la garganta, ya no puede comer más.
Ya cuando el viaje parecía que sólo los conduciría a la muerte, escuchan un gran ruido: un helicóptero que los sobrevuela y mas tarde una embarcación con hombres vestidos de blanco. No quieren subirlos a bordo, pero tienen combustible, saben indicarles como arrancar el motor y les dice que los sigan.
Un día y una noche. Después otro barco y esta vez los hacen subir. Sólo habían quedado cinco de setenta y ocho.
El que puede, camina solo. A Titti la deben llevar en brazos. No entiende nada, solo siente el cansancio infinito bajo ese fuerte sol. La sientan y le tiran agua a la cara. Recién allí entiende que está viva. No pregunta con quién está, ni dónde. Que importancia puede tener ya?
Si extiende su mano, Titti ahora encuentra una botella de agua, y la muerte ya no está a su alrededor. Ayer le han dado una tarjeta para que pueda llamar a su madre en Asmara y le han dicho que está en Italia. Las personas entran a su habitación y le sonríen. Ella ya no quiere pensar en nada. Tiene miedo que allá en su pueblo, sabiendo de su fuga, lastimen a su familia. Sin embargo, sabe que ha hecho lo que debía hacer. Y todavía no tiene ni idea de lo que le espera en la Italia de 2009 fuera de esa puerta.