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Muere el ex presidente italiano Francesco Cossiga, un político impredecible

Francesco Cossiga, el veterano líder democristiano que murió a los 82 años de edad, fue presidente del Gobierno, del Senado y de la República y uno de los dirigentes políticos que marcaron de manera indeleble el último medio siglo de la historia de Italia.
Nacido en Sassari, toda la vida fue fiel a sus raíces personales y culturales en Cerdeña, así como a las ideas que le sirvieron de inspiración: su fe católica, su pasión democristiana y su afición germanófila y anglófila, que lo llevó a volverse un especialista en Thomas Moore y el defensor más militante de la Alianza Atlántica en su país.
La carrera política de Cossiga, quien murió por una crisis cardiocirculatoria, estuvo marcada por la precocidad: en 1966 se volvió el subsecretario más joven del gobierno -presidido por su par y amigo Aldo Moro-, luego fue el más joven ministro del Interior, en 1976, el más joven presidente del Senado, en 1983, y el más joven presidente de la República, en 1985.
En su período de ministro del Interior, durante los años de la protesta política violenta a finales de los 70, se volvió el símbolo de la represión más dura: en los graffitis su nombre era escrito con dos eses, dibujadas como el logotipo de las SS nazis, sobre todo luego de la muerte de una manifestante de izquierda, de 19 años, en el centro de Roma.
El momento más difícil para Cossiga en cuanto ministro, sin embargo, llegó con el secuestro de Moro de parte de las Brigadas Rojas, el 16 de marzo de 1978.
Durante los 55 días en que el ex premier y dirigente democristiano estuvo en manos de las Brigadas Rojas, hasta el descubrimiento de su cadáver en el centro de Roma el 9 de mayo, Cossiga -como ministro del Interior- siguió personalmente el caso, y quedó tan marcado por no haber logrado liberar a su compañero de partido que renunció al cargo tras su muerte.
El comité creado por Cossiga para seguir el secuestro de Moro, a su vez, es el primer ejemplo de intersección entre su carrera política y aspectos secretos, o hasta conspirativos del poder: todo los miembros de la versión restringida del comité, en efecto, resultaron miembros de la logia masónica P2, dirigida por Licio Gelli.
Las principales revelaciones sobre lo que podría llamarse el lado oculto de Cossiga, sin embargo -y esto también es significativo de su personalidad- llegaron de él mismo cuando, tras haber sido elegido presidente de la República con el mayor número de votos de la historia italiana (752 sobre 977 votantes) y haber cumplido una primera mitad de su mandato sin problemas graves, a partir de 1990 se transformó en una figura explícita y deliberadamente "subversiva".
Luego de la caída del Muro de Berlín, afirmó entonces, era necesario que salieran a la luz lo que él mismo llamó los defectos ocultos de "cuarenta años de democracia imperfecta, aunque de hecho era la única posible, una democracia que tenía algunas facciones de régimen, de la que persisten aún harapos de lo que yo llamo socialismo real, un sistema co-gestionado".
Esta postura llevó a Cossiga a auto-acusarse de haber sido el responsable de la red Gladio (la parte italiana de la llamada estructura clandestina "stay behind", preparada por la OTAN en caso de invasión soviética de Europa Occidental) y de confesar haber usado métodos ilícitos cuando era ministro del Interior, como infiltrados policiales en los grupos izquierdistas.
El papel de Cossiga en la conjunción de elementos detonantes que llevaron al fin de la llamada Primera República -junto a las investigaciones de Manos Limpias, el endurecimiento de la mafia siciliana, el nacimiento del autonomismo septentrional de la Liga y otros factores- fue crucial, y siguió siendo determinante aún después de su renuncia, sin precedentes históricos, a la presidencia de la República.
Fue desde su escaño de senador vitalicio, en efecto, que en 1998 el veterano democristiano creó un partido con disidentes de la coalición de centro-derecha de Silvio Berlusconi -en primer lugar, Clemente Mastella- para que tras la caída del primer gobierno de centro-izquierda de Romano Prodi, determinada por la deserción del Partido de la Refundación Comunista, se volviera premier Massimo D'Alema.
Nada resulta más exquisitamente paradójico que esta maniobra de Cossiga, quien de hecho inventó un partido en medio de la legislatura para garantizarle los votos necesarios al primer y único dirigente post-comunista que llegó al gobierno en la historia de Italia.
Retirado virtualmente de la vida política, Cossiga mantuvo hasta el último momento su gusto por la provocación y sus lealtades muchas veces sorprendentes, como su vínculo decenal con el Partido Nacionalista Vasco, que remontaba a los años en que este partido fue co-fundador de la Internacional Democristiana.

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