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Los grisines

Sus orígenes están relacionados a la historia piamontesa. Corría el año 1666, cuando en Turín nace el duque Vittorio Amedeo II de Savoia. Desde sus primeros años de vida su salud fue muy delicada, convirtiéndose en un niño frágil y enfermizo. La historia cuenta que en 1668, su vida era considerada a tal punto en peligro que se expuso en la ciudad el Santo Sudario, invocando una ayuda divina para su sanación.
Corría el año 1675, el joven duque tenía 9 años y nuevamente se enfermó gravemente. Su padre había muerto recientemente, así su madre, María Giovanna Battista de Nemours, encargó al médico de la corte, don Baldo Pecchio, que encontrara una cura para el duque.
Se cuenta que en su juventud, el médico había padecido síntomas parecidos a aquellos del joven, las mismas dificultades digestivas, provocadas por intoxicaciones alimenticias, muy probablemente por el tipo de alimentación de la época o porque la comida era preparada con poco respeto a la higiene.
El médico recordó el remedio que utilizó su madre para curarlo y que consistía en alimentarlo con un pan bien levado, sin migas y muy crocante. Con esta información, se dirigió al panadero de la casa Savoia, Antonio Brunero, quien preparaba el típico pan de la época, llamado “Ghersa”, de forma alargada.
Separaron, entonces de la masa, pequeños trozos que, con ayuda de las manos, convirtieron en bastoncitos finos, que una vez cocidos, eran bastoncitos crocantes con ausencia total de miga.
El duque fue alimentado con este nuevo pan y su salud se restableció, convirtiéndose en el primer Rey Sabuado en 1713. Cuenta la leyenda que, aun hoy, su fantasma vaga por las habitaciones del palacio, conduciendo con una mano a su caballo y llevando en la otra un grisín.
Así los grisines se convirtieron en el pan preferido en la casa Savoia y de allí viene reconocido como un importante obsequio de la época.
Caro Felice de Savoia decía apreciar mejor la música, cuando en el teatro Regio de Turín, comía grisines. La princesa Felicita se hizo retratar con un grisín en la mano. Napoleón se entusiasmó a tal punto con aquellos que él llamaba “le petits batons de Turín”, que instituyó un servicio de correo para que le enviasen desde Turín, grisines frescos cada día.
El pueblo no fue menos y, en poco tiempo, se contagió del gusto de los grisines, a tal punto que en poco tiempo se convirtió en un alimento común.

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