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Los italianos y el tango - Primera parte-

El tango se ha nutrido de varias fuentes. No se verifica en el tango una clara ascendencia negra en su raíz musical (tal vez podamos encontrar similitudes coreográficas con el candombe -que es una danza negra creada en América- y otras danzas africanas), pero, como lo sostiene Horacio Salgán, jamás un instrumento de percusión integró los conjuntos iniciales en los albores del tango. No hubo maracas, panderetas, tambores, bongoes, tumbadoras ni bombos. Por el contrario abundaron las flautas, las guitarras, los violines y las arpas y más tarde el piano y el bandoneón. Todos instrumentos europeos, la mayoría de ascendencia itálica.

Sin dudas una de las fuentes más gravitantes en la formación del tango, fue el aluvión inmigratorio que se afincó en Buenos Aires. Fue esta inmigración la contribuyó a consolidar su estructura musical, a través de muchísimos músicos llegados a fines del siglo XIX y principios del XX, con sólidos conocimientos musicales, que se sumaron a la interpretación y a la creación tanguera. No pocos de los más famosos tangos, fueron pasados al pentagrama por músicos italianos, con el agregado de algunas partes –reminiscencias de canzonettas y romanzas- que les dieron ese toque de belleza perdurable a través de los años.

Se ha hablado mucho –y se ha escrito más- acerca de las raíces del tango citando al candombe, a la habanera, al tanguillo andaluz y aún otras especulaciones menos asequibles. Pero no existen estudios serios que determinen la impronta que ha dejado, por ejemplo, la canzonetta en la música de Buenos Aires.

José Gobello ha sentenciado que si no se tiene en cuenta la sangre italiana que corre por las venas de Buenos Aires, no se puede comprender la idiosincrasia del porteño.
Y hay aún un antecedente anterior. En la revista Caras y Caretas del 7 de febrero de 1903, apareció un artículo titulado "El Tango criollo" donde se adjudica al italiano acriollado en el barrio de la Boca, ser el más fiel cultivador del tango, desde sus orígenes.

¿Y dónde aprendió el `tano´ inmigrante a transformar la canzonetta en tango?
El inmigrante italiano trajo consigo un bagaje cultural milenario por encima -o a pesar- de su escasa o a veces nula, instrucción escolar. Su alma de artista es condición innata, es una virtud del pueblo italiano, así como otros pueblos tienen otras virtudes. Por otra parte, no debemos olvidar que la inmigración italiana, más que un proceso de adaptación a las costumbres y culturas preexistentes entre los argentinos, hizo un proceso de fusión.

La historiadora María Saénz Quesada sostiene en su libro "Historia del país y de su gente", que todas las colectividades -salvo la italiana- pusieron el mayor empeño por conservar su identidad. Los ingleses, dice, sostenían a rajatabla su anglofilia a pesar de que muchos de sus miembros hubieran nacido en la Argentina (lengua, religión, costumbres).

El italiano en cambio supo amoldarse velozmente a las pautas de la sociedad argentina, creando no sólo fuertes mecanismos de convivencia, sino también, haciendo suyos los símbolos, las costumbres y el habla de la tierra adoptiva. Además los hijos de los inmigrantes italianos, proclamaban su criollismo, lo que muestra cuán fuerte era su sentido de pertenencia a su nueva tierra.

Esta influencia puede rastrearse, en distintas ciudades de la Argentina. Allí donde la inmigración italiana fue preponderante, el tango tuvo un desarrollo inicial casi simultáneo con el de las orillas del Río de la Plata. Sólo para ejemplificar, la ciudad de Rosario fue uno de los asentamientos fuertes de la inmigración peninsular. En una nota del diario La Capital del 22 de junio de 1903, se menciona como el tango más antiguo el que compusiera, a fines del siglo XIX, el músico italiano José Baracco, con el popularizado título de “Agarrate Catalina”.
Otro maestro italiano, el profesor Pascual Romano, recibido en el Conservatorio de Nápoles y llegado a la Argentina en 1887 para dirigir óperas cómicas en el Politeama Argentino y radicado de inmediato en Rosario, compuso también un tango primitivo con todas las de la ley: “¡Qué flechazo!”.

Similares coincidencias se dieron en Córdoba, donde los maestros italianos de música, Rafael Fraccasi y Alfredo Seghini fueron autores de tangos en los primeros años del 1900 y directores de los más renombrados conjuntos tangueros cordobeses de las primeras décadas del siglo XX. Cabría agregar que esta influencia se prolongó en el tiempo a través de los hijos de la inmigración peninsular.

Ahora bien; a pesar de todo lo dicho cabe aún hacer una pregunta: ¿el tango, es un arte nacional argentino? El ensayista José Perez Amuchástegui afirma que, "si nos preguntáramos en qué consiste lo argentino, nuestra primera respuesta, quizás, se dirigiese hacia lo autóctono, en tanto que está enraizado con la tierra y contiene elementos telúricos irreversibles e irrenunciables". Pero agrega que, "seguramente, enseguida rectificaríamos esta primera aseveración, al advertir que lo argentino se halla mucho más representado en lo criollo, vale decir, en la íntima fusión de lo europeo y lo autóctono, fusión que, al asentarse en la tierra, produjo una simbiosis peculiar que constituye la raíz auténtica del ser nacional argentino".

La proclamada autenticidad del criollismo tiene raíces indígenas y europeas y, a través de Europa, de otras remotas culturas milenarias. ¿Cuántos elementos culturales que en la Argentina presentamos a los turistas apresurados como típicos, son rasgos transmitidos por los canarios, los vascos, los gallegos, los italianos, los portugueses, los brasileños y demás pobladores de estas latitudes? Por ejemplo: el caballo vino de España, el fútbol de Inglaterra, la polenta de Italia (aunque el maíz sea americano), el bandoneón de Alemania y el lunfardo, esa jerga marginal que matiza el habla rioplatense con giros ajenos al idioma oficial, es el transporte de vocablos de distintas regiones del mundo que la inmigración depositó en la Babel de los conventillos y que el tango y el sainete se encargaron de difundir.
En igual sentido el antropólogo francés Maurice Lois ("Le folklore et le danse" editado en París en 1963) sostiene que ningún país puede vanagloriarse de poseer una danza que le sea propia, es decir que no existe una danza específicamente nacional. "En efecto, dice, todas las danzas, sean las que fueren, se encuentran en puntos diferentes, muchas veces bajo formas transformadas y particulares, pero cuyo parentesco es innegable".

Frente a todo esto, quizás nos preguntemos entonces: ¿dónde esta lo nacional, lo auténtico de cada pueblo? Precisamente en lo que cada uno ha sido capaz de elaborar con esos préstamos y sustracciones de otras culturas; es decir, una cultura propia que, en este caso, cobija bajo una misma pasión a todo el Río de la Plata.

Por todo ello parece lícito demandar carta de nacionalidad para el tango, que se gestó allí, nació allí, se desarrolló allí y desde allí salió a la conquista del mundo en una epopeya inigualada por ninguna de las otras artes que se consideran vernáculas. En ese sentido, los argentinos tienen el mismo derecho que cualquier otro país respecto de sus danzas, a reclamar el carácter nacional del tango que es, sobre todo, un arquetipo cultural propio.

El italiano en la letra de los Tangos

El tratamiento que recibió el italiano como personaje en las letras de tango, fue dispar. A veces aparece de modo pintoresco, otras, se lo ve doliente, trágico, efusivo, nostálgico... pero siempre como un prototipo fiel del fenómeno inmigratorio.

En primer lugar podemos encontrar un grupo de temas de tono elegíaco y dramático, caracterizados por la nostalgia, el desarraigo y la desilusión del emigrado con su nueva tierra. Bajo este rubro pueden cobijarse obras como “La violeta”, con letra de Nicolás Olivari, “La canción del inmigrante” de Cadícamo y “La cabeza del italiano” de Francisco Bastardi.

“La violeta” es un aguafuerte donde, el dolor por el desarraigo y la añoranza del lejano paese, se plasma de modo intenso. Es una temática seguida por muchas otras composiciones (Canzonetta por ejemplo) y no pocos poemas, que atisban la soledad del gringo en la mesa sucia de algún almacén.

La canción del inmigrante es de original enfoque ya que expresa un conflicto no muy recurrido en el tango: las dos pasiones que sacuden el alma del inmigrante: el amor de una mujer que lo ata a esta tierra y el recuerdo de la suya natal, lejana, que le tira al regreso, mientras el tango ve su destino amarrado a la niebla del bodegón.

La cabeza del italiano, si bien es un grotesco, desnuda, más allá de la farsa risible, el destino suicida de muchos inmigrantes, que murieron lejos de sus lares, acuciados por el mismo drama de su inmigración.

Otro grupo se emparenta con “Giuseppe el zapatero” de Guillermo del Ciancio, donde se refleja claramente el denodado esfuerzo del inmigrante, su desvelo, para forjarle un porvenir a sus hijos que muchas veces negaron tal ascendencia. Es del mismo estilo que el “Niño Bien pretencioso y engrupido” de Soliño y Fontaina. Es decir hijos de inmigrantes, transformados en trepadores de la pirámide social, que esconden sus orígenes y ocultan la existencia del `tano´ laburante que trabajó a destajo para abrirles un porvenir.

Un tratamiento muy singular aparece en “Ya no cantas chingolo”, con letra de Edmundo Bianchi. Es el único tango donde se le reprocha al gringo inmigrante por la pérdida de ciertos símbolos y valores de su tradición. La obra musical es de Antonio Scatasso -paradójicamente un inmigrante italiano- y alguna vez llevó el título de “Chingolito”. Esta ave, ya para 1928, fecha de aparición del tango, estaba prácticamente desaparecida del entorno urbano y simboliza para Bianchi una de las tradiciones criollas aventadas por el progreso y la inmigración.

Entre muchos otros tangos, hay algunos que se destacan por su buena factura literaria y las indisimulables influencias de Carriego y de Blomberg. Por ejemplo, “Viejo Ciego” de Pianza y Manzi, y “Aquella cantina de la ribera” de José González Castillo y su hijo Cátulo.
En “Viejo ciego”, precisamente, se hace mención a la canzonetta. En “Aquella cantina de la ribera”, aparece nítidamente el Blomberg de sus mejores versos, de su libro "A la deriva" en el que evoca su vida de viajero por los mares del mundo y fluye la nostalgia del inmigrante.

Otro tango en que aparece el italiano inmigrante, es “Tinta Roja” de Sebastián Piana y Cátulo Castillo, donde el `tano´ llora su rubio amor lejano en las copas del `bon vin´.
Y muchísimo más, en cuyas letras abundan referencias auténticas de ese prototipo inmigratorio llegado a las costas argentinas, con su bagayo de sueños, nostalgias y esperanzas, y para quienes el tango fue un puente tendido entre la pampa y el mar.

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