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Las góndolas de Venecia
La génesis de esta pintoresca ciudad, capital del Véneto y de la provincia de Venezia, se remonta a muchos siglos atrás, cuando la federación de varias aldeas dispersas terminó por asentarse en las 118 islas que hoy están surcadas por 160 canales y cruzadas por más de 400 puentes de madera, hierro o mármol.
El famoso urbanista y arquitecto Le Coorbousier calificó de "un sistema cardiovascular perfecto" a Venecia. ¿Por qué? En tan singular entorno era casi imposible el transporte animal para sortear los estrechos e intrincados canales de la próspera ciudad, devenida a partir del año 523 una de las más ricas urbes europeas gracias a su movimiento comisionista entre dos continentes.
En esa Venecia nació la góndola o "gondula" —de acuerdo con la cédula firmada en 1094 por el dogo Vito Faliero para su construcción—, que desde entonces no ha dejado de evolucionar para bien, quizá ajustándose a la máxima darwiniana, en cuanto a la relación entre una embarcación y su medio humano y geográfico.
Sin embargo, su nombre no parece descender del italiano clásico: algunos eruditos afirman que proviene del vocablo griego "konkula" (cáscara dura); otros, del también helénico "jontilas" (bote); e, incluso, hay quienes la relacionan una barca romana del siglo IV d.n.e. denominada "fundula".
Lo que nadie duda hoy es que la góndola ha dejado de ser mera nave para devenir símbolo emblemático de una inigualable ciudad, la única en el planeta donde pueden apreciarse sus gráciles formas. Por tanto, ni Atenas ni Roma ya pueden disputarle ese mérito.
Dada sus características, este tipo de nave posee la agilidad y el nervio del pura sangre. A despecho de que su fondo siempre ha sido plano (el dogo Faliero alude a ello en el manuscrito citado), sus actuales dimensiones suelen ser de 10,87 m de eslora por solo 1,43 m de manga, lo que arroja una proporción de 7,7:1. Vale destacar que desde cinco siglos atrás revela muy parecidas magnitudes, como aparece en el más antiguo diseño conservado, construido en el Arsenale (astillero) en 1555.
Tanto su estrechez como la necesidad de elevar el número de pasajeros o de carga progresivamente, obligaron a desplazar al gondolero —que en un principio actuaba en el medio de la barca— hasta una plataforma erigida en el castillo de popa, donde debería bogar de pie.
Tal peculiaridad trajo por consecuencia dos importantes innovaciones: la primera, un remo de espadilla de 4,20 m, fabricado en una sola pieza de madera de haya, cuyo peso es de 4,3 kilogramos. Ello exige del bogador fuerza y aún más destreza. La otra mejora resultó una horquilla o "forcola", vástago del remo, alto, sólido y tallado en un taco de nogal, que nos recuerda los nudos de un árbol. Ajustando el remo en una u otra de las muescas de la "forcola" que miran a popa, el barquero hace avanzar la nave a mayor o menor velocidad.
Toda vez que el gondolero hacía peso en la popa, fue necesario colocar un contrapeso en la proa, consistente en el "ferro", maciza hoja de acero con seis dientes horizontales. Sostienen los investigadores que esto simboliza a los seis barrios históricos venecianos, así como que la cimera de metal en forma de cornucopia que la remata, representa el sombrero ceremonial de los Dogos.
Tales iniciativas ya habían sido incorporadas hacia finales del siglo XVI; mas el gradual alargamiento de la eslora en favor de obtener mayor desplazamiento, motivó realzar la proa y la popa sobre el nivel del agua. Hoy la góndola solo sumerge las 3/5 partes centrales del casco, recordándonos a una media luna sobre la superficie acuática.
En nuestros días la sugestiva embarcación ha sido perfeccionada al máximo, presentando un casco francamente asimétrico para evitar que la nave se incline a babor por efecto del solitario remero: presenta en el punto de mayor anchura de la manga 24 cm más a babor que a estribor; es decir, la proa tiene una visible desviación en relación con una quilla (pieza del barco que sostiene toda su armazón) teóricamente recta.
Crónicas de 1493 refieren que los primeros gondoleros fueron esclavos negros, como se aprecia en un lienzo de Carpaccio. Los gondoleros "de casada", o sea, servidores de las familias pudientes, realizaban otras funciones a parte de esta. Con posterioridad tales navegantes llegaron a constituirse en un poderoso gremio integrado por miles de orgullosos nautas, quienes hasta hoy hablan una jerga muy peculiar, mezcla de italiano, árabe y español, la cual aplican fundamentalmente a las 280 piezas de madera que componen el bote… y que nadie, salvo ellos, entiende.
A partir de los años 70 la profesión de gondolero empezó a declinar, junto con la desaparición paulatina de la casi totalidad de los astilleros caseros donde se fabricaban o reparaban.
En 1985, bajo el patrocinio de la UNESCO, se fundó el Comité Internacional de Defensa de la Góndola, órgano que está tratando de rescatar esta profesión, años ha trasmitida de padres a hijos, y sobre todo encargada de restaurar el astillero de San Trovaso, sobreviviente de tan autóctona tradición.
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